El Tíbet ha sido un territorio sujeto a múltiples disputas por diferentes naciones. A ratos ha gozado de independencia, otros de autonomía y desde el siglo XX, de múltiples invasiones chinas y británicas, así como acuerdos con Mongolia y Rusia.
El punto central a analizar aquí, no es si el Tíbet es un país independiente, una región con autonomía o simplemente parte del territorio chino, sino el cuestionamiento profundo que surge sobre quién hoy controla dicho territorio, China, es un país que ha generado un gran crecimiento económico, situándolo entre las principales economías del mundo, y también con gran armamento, lo que en el concierto mundial le permite sentarse entre ?los grandes?, por ejemplo el Consejo de Seguridad de la ONU, con derecho a veto.
Pero son pocos los que se atreven a cuestionar su falta de libertad política, justamente por su gran potencial económico y militar. El sistema es el mismo que han adoptado diversas naciones, que en su momento apostaron por el comunismo, sí a la economía de libre mercado, no a la libertad política y, por ende, férreo control del poder. O sea una globalización a medias, sí económica no política.
En esta misma lógica, a la inversa de las democracias, incluso cuando hay conflictos, China cierra el espacio a la prensa internacional en el Tíbet, lo cual hace aún más dudoso su proceder en aquella zona y -el supuesto- control que se está logrando, sin saber a qué costos materiales y especialmente humanos.
Más complejo aún, es cuando en aras de mayor demostración de poder, China tiene establecido que la próxima semana pasará la antorcha olímpica sí o sí. ¿Tiene sentido hacerla pasar por una zona sin prensa internacional? O que a punta de fuego se ?limpió? la zona por donde pasará la antorcha; ¿es una señal de debilidad cambiar la trayectoria de la antorcha? ¿No se acordaron de que el 10 de Marzo de 1959 se cumplía un aniversario más del levantamiento contra China en Lhasa?
Para algunos será un recorrido con manchas de sangre, para otros legítimo. Lo cierto es que la comunidad internacional, a excepción de aquellos activistas en pro de la independencia del Tíbet, no quiere volver a vivir los capítulos de la guerra fría, cuando occidente boicoteó los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980, y los siguientes los comunistas el de Los Ángeles en 1984.
Señales de protestas se ven viables, pero de boicot no. En todo caso lo que subsiste es la crítica a la desinformación mundial -excepto la oficial China, que goza de poca credibilidad- en el controvertido territorio del Tíbet. Ya estuvo la líder de los parlamentarios demócratas, Nancy Pelosi reunida con el Dalai Lama; Francia ya exigió libertad de ingreso de los periodistas extranjeros al Tíbet; Sarkozy evalúa si se reúne o no con el Dalai Lama.
El líder espiritual ha enfocado erradamente el problema de las protestas en un momento complejo para China, en que sí o sí se tiene que ir abriendo a la comunidad internacional a raíz de los JJ. OO. ya que el tema central no es sí él convocó a movilizaciones violentas, sino el cuestionamiento de la ocupación (o no ocupación) china del Tíbet, y las restricciones a la información por parte del próximo anfitrión olímpico.
Gonzalo Meza Allende
Director
Consultora Opinión


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